El gabinete de Ole Worm.
Ole Worm, 1655. Un gabinete donde cada pieza tiene su rótulo: gobernar empieza por inventariar lo que se tiene.

Historia
Ole Worm (1588–1654), médico, profesor en Copenhague y estudioso de las antigüedades nórdicas, reunió en su casa una colección de curiosidades célebre en la Europa de su tiempo: fósiles, minerales, animales disecados, instrumentos y objetos traídos de tierras lejanas. Murió en 1654, y al año siguiente se publicó en Leiden, en la imprenta de los Elzevier, el catálogo de la colección, el Museum Wormianum.
El frontispicio muestra la sala del museo en perspectiva. Del techo cuelgan peces, aves, un oso y un cocodrilo; en las paredes, cornamentas, armas y prendas; en los estantes, cajas y cajones con rótulos en latín: metales, minerales, conchas, partes de animales, raíces, sales, tierras. En el centro del suelo ajedrezado, una lápida lleva el título, el pie de imprenta y el año.
Cómo lo veo en el presente
Lo que convierte el gabinete de Worm en un museo y no en un desván son los rótulos. Cada objeto ocupa un lugar y tiene un nombre. Antes de explicar el mundo, Worm se obligó a saber qué tenía.
El artículo pide a las empresas ese mismo gesto ante la inteligencia artificial. La regulación europea exige transparencia hacia fuera, pero no puede hacer el trabajo de dentro: averiguar qué sistemas operan ya, cuáles llegaron integrados sin que nadie los aprobara, qué deciden y con qué datos. El inventario no es burocracia; es la condición de cualquier gobierno.
Un gabinete sin rótulos es una acumulación. Una organización que no sabe qué inteligencia artificial usa está en la misma situación: tiene cosas, pero no sabe lo que tiene. No se puede gobernar lo que no se ve.
Aquí pienso en abierto; Cortex ejecuta. Cuando una empresa necesita aplicar este criterio — gobernar la IA que ya usa, decidir con inteligencia propia —, ese trabajo lo hago en Cortex Analytica, la firma que dirijo.
La práctica →