Atlas del intervalo · Lámina 055

El pato de Vaucanson, imaginado.


Ilustrador no identificado, 1899. Vaucanson construyó en 1739 un pato que parecía comer y digerir. La máquina que imita el cuerpo fascina desde hace tres siglos; la pregunta por el trabajo llega después.

Grabado: el pato autómata de Vaucanson con el interior a la vista, tubos y engranajes donde debería estar el cuerpo.
Ilustrador no identificado, El pato de Vaucanson, imaginado, 1899 · Internet Archive (ejemplar digitalizado)
Jesús Ripa
Ficha, historia y lectura deJesús RipaTecnólogo humanista

Historia

Jacques de Vaucanson presentó en París en 1739 tres autómatas: un flautista, un tamborilero y un pato. El pato movía las alas, bebía, picoteaba grano y, al rato, lo expulsaba transformado. Parecía digerir. No lo hacía: el grano quedaba en un depósito y los excrementos estaban preparados de antemano en otro. La ilusión bastó para hacerlo famoso en toda Europa.

Este grabado no es de Vaucanson ni de su época. Lo publicó Scientific American en 1899, ciento sesenta años después, como reconstrucción imaginaria del interior: un mecanismo de relojería en el lomo, una bomba, un molino para el grano y un tubo intestinal enrollado, con letras que remiten a la leyenda. Es la idea que el siglo XIX se hacía del pato, no un plano del original, que no se conserva.

Desde el intervalo, a la era pre-singularidad

Cómo lo veo en el presente

El pato asombró porque imitaba un cuerpo. Pero la parte de la historia que importa vino después. Vaucanson fue nombrado inspector de las manufacturas de seda y en 1745 construyó un telar automático. Los tejedores de Lyon entendieron enseguida lo que significaba y lo recibieron a pedradas.

Es la misma secuencia que dibujan hoy los humanoides industriales. Primero el espectáculo: un robot que corre una media maratón, una demostración en vídeo. Después, casi sin transición, la línea de montaje. La pregunta por el trabajo no llega con la máquina que deslumbra, sino con la que sustituye.

El grabado de 1899 añade una advertencia. Lo que se ve del interior de una máquina es a menudo la reconstrucción de quien la mira. Conviene saber qué hace de verdad antes de decidir qué se le confía.

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