Atlas del intervalo · Lámina 001

La máquina de calcular de Leibniz.


Jacob Leupold, 1727. La máquina de Leibniz ya calculaba en 1727. Qué merecía calcularse siguió decidiéndolo quien la usaba.

Grabado de la máquina de calcular de Leibniz: una caja alargada con una fila de diales numerados y, debajo, el cilindro escalonado de su mecanismo.
Jacob Leupold, La máquina de calcular de Leibniz, 1727 · Library of Congress
Jesús Ripa
Ficha, historia y lectura deJesús RipaTecnólogo humanista

Historia

Jacob Leupold, mecánico de Leipzig y comisario de minas en Sajonia, quiso reunir en un Theatrum machinarum todo el saber técnico de su tiempo. El volumen dedicado al cálculo y la medida, Theatrum arithmetico-geometricum, salió en 1727, el año de su muerte. Describe ábacos, varillas de Napier, compases de proporción y tres máquinas de calcular: la de Giovanni Poleni, la de Leibniz y la del propio Leupold.

La lámina muestra la máquina que Leibniz había concebido medio siglo antes. Arriba, la caja con su fila de diales; debajo, despiezado, el cilindro escalonado, cuyos dientes de longitud creciente permitían sumar varias veces la misma cifra y, así, multiplicar. Leupold no inventó nada en esta página: dibujó una máquina ajena para que otros pudieran entenderla. Aquel cilindro siguió funcionando en las calculadoras mecánicas durante más de dos siglos.

Desde el intervalo, a la era pre-singularidad

Cómo lo veo en el presente

La máquina de Leibniz sabía repetir una suma con exactitud. No sabía qué cifra merecía entrar en ella. Esa parte quedaba fuera de la caja, en la cabeza de quien giraba la manivela.

Leupold la colocó en un libro junto a otras máquinas, como un instrumento más del catálogo. Ese es el estado actual de la inteligencia artificial: la misma capacidad, al alcance del autónomo y de la multinacional, a un precio que ya no separa a nadie. Cuando el instrumento deja de ser escaso, la ventaja se desplaza a quien sabe qué pedirle.

Las cifras del artículo lo muestran: muchas empresas tienen la herramienta y pocas la gobiernan. Entre ambas cosas no falta tecnología. Falta lectura. La máquina multiplica lo que se le da. Decidir qué darle sigue sin venir de fábrica.

Del pensamiento a la estructura

Aquí pienso en abierto; Cortex ejecuta. Cuando una empresa necesita aplicar este criterio — gobernar la IA que ya usa, decidir con inteligencia propia —, ese trabajo lo hago en Cortex Analytica, la firma que dirijo.

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