Las sirenas.
John Flaxman, 1793 (composiciones); h. 1835 (grabado de Réveil). La pradera es amable y está llena de huesos: el canto no prometía placer, prometía saberlo todo.

Historia
En la versión de Réveil, el pie de esta composición de Flaxman dice que las sirenas buscan atraer a Ulises con su canto. Flaxman las dibuja como tres mujeres, sin alas ni cola de pez, lejos tanto de las aves con rostro humano de la cerámica griega como de la sirena marina que se impuso después.
Están sentadas en una pradera florida: una canta con las manos en el pecho, otra toca una flauta y la tercera tiende los brazos hacia la nave que pasa a la derecha, con los remeros en sus bancos. En el suelo, entre las flores, hay calaveras y huesos. Es el detalle que Homero pone en boca de Circe en el libro XII: alrededor de las sirenas se amontonan los restos de los hombres que se detuvieron a escucharlas.
Cómo lo veo en el presente
La pradera de Flaxman es amable. Las flores y los huesos ocupan el mismo suelo y no se contradicen: el atractivo y el coste comparten lugar. Lo que el canto promete en Homero no es placer, sino saber: conocer todo lo que sucede sobre la tierra.
Esa es la oferta del flujo infinito. No promete diversión; promete no perderse nada. El artículo la conecta con la intuición de Herbert Simon en 1971: la abundancia de información crea pobreza de atención. Y la atención, finita, es la materia prima que se extrae y se vende.
Los huesos de la lámina no están escondidos. Están a la vista de cualquiera que mire al suelo y no al rostro de quien canta. Casi nadie mira al suelo.
Aquí pienso en abierto; Cortex ejecuta. Cuando una empresa necesita aplicar este criterio — gobernar la IA que ya usa, decidir con inteligencia propia —, ese trabajo lo hago en Cortex Analytica, la firma que dirijo.
La práctica →