Ulises embriaga a Polifemo.
John Flaxman, 1793 (composiciones); h. 1835 (grabado de Réveil). Un solo ojo, y todo lo que entra en la cueva queda a su vista: la mirada como poder.

Historia
La lámina procede de la misma serie de Flaxman, en la versión francesa grabada por Achille Réveil: lleva el número 14 y remite al libro IX del poema. Como el resto de la serie, renuncia al sombreado y lo confía todo al contorno, una economía de medios que hizo de estas composiciones un modelo para escultores y pintores de su tiempo.
Polifemo ocupa casi toda la escena, sentado en el suelo de su cueva, con un solo ojo y el cuerpo doblado sobre sí mismo. Ulises, diminuto a su lado, vierte vino en el cuenco que el gigante sostiene con la mano. Detrás, los compañeros se apiñan junto a los carneros; en primer término, un ánfora tumbada. En el poema, el vino prepara la ceguera: Ulises dice llamarse «Nadie» y, cuando el cíclope duerme, le clava una estaca en el ojo.
Cómo lo veo en el presente
Flaxman resolvió la escena con una desproporción. El gigante no necesita moverse para dominarla: le basta mirar desde arriba lo que ocurre en su cueva. El poder de Polifemo es de escala; el de Ulises, de ingenio.
La asimetría es la misma que el artículo describe en la vigilancia tecnológica. El problema no es que exista un ojo, sino que mire sin poder ser mirado y sin responder ante nadie. Las grandes plataformas ven el comportamiento de millones de personas, y ninguna de ellas puede devolverles una mirada equivalente.
Ulises sobrevive mientras es «Nadie». Se pierde cuando, ya a salvo en la nave, grita su nombre y le da a Poseidón un destinatario para la venganza. En una cultura que premia la exposición, la lección es incómoda: no toda visibilidad es libertad.
Aquí pienso en abierto; Cortex ejecuta. Cuando una empresa necesita aplicar este criterio — gobernar la IA que ya usa, decidir con inteligencia propia —, ese trabajo lo hago en Cortex Analytica, la firma que dirijo.
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