Era pre-singularidad · Nº 25

El cíclope y el señor de los vientos. Quién controla la mirada y los flujos de la información


Por Jesús Ripa 11 min de lectura
ERA PRE-SINGULARIDAD
El cíclope y el señor de los vientos. Quién controla la mirada y los flujos de la información

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El cíclope y el señor de los vientos. Quién controla la mirada y los flujos de la información

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Segunda entrega de La Odisea Tecnológica, la serie de verano que recorre el poema de Homero como mapa de la era pre-singularidad. Esta entrega mira la vigilancia tecnológica: el ojo único y los vientos que ya no soplan por azar. El punto de partida — la tesis y el itinerario completo — está en el primer episodio: La llamada al viaje.

El episodio clásico: el ojo y la bolsa de los vientos

Dos escalas consecutivas del viaje, dos lecciones que Homero deja una al lado de la otra como si supiera que había que leerlas juntas.

La primera es la cueva de Polifemo. Ulises y doce de sus hombres entran en la gruta de un gigante con un solo ojo, hijo de Poseidón. El cíclope los encierra rodando una piedra que ningún grupo de hombres puede mover y comienza a devorarlos por parejas. No hay fuerza capaz de vencerlo. Ulises hace entonces dos cosas que definen su carácter. Primero, cuando el gigante le pregunta su nombre, responde: Nadie. Después lo emborracha, endurece al fuego una estaca de olivo y le revienta el único ojo. Cuando Polifemo grita pidiendo ayuda a los demás cíclopes — «¡Nadie me ha herido! ¡Nadie me mata!» —, nadie acude. Los hombres escapan atados bajo el vientre de las ovejas: el gigante, ya ciego, palpa los lomos pero no los vientres.

Y entonces Ulises comete el error que le costará diez años. Ya a salvo en el barco, la vanidad le puede y grita su nombre verdadero al cíclope: sabed todos que fue Odiseo, hijo de Laertes, rey de Ítaca. Con un nombre al que maldecir, Polifemo invoca a su padre Poseidón. El mar entero se vuelve contra el héroe.

La segunda escala parece un regalo. Eolo, el señor de los vientos, recibe a Ulises con hospitalidad y le entrega un odre de cuero donde ha encerrado todos los vientos adversos, dejando libre solo el que sopla hacia Ítaca. Nueve días de navegación perfecta. En el décimo, con las hogueras de Ítaca ya a la vista, Ulises se duerme. Su tripulación, convencida de que el odre esconde un tesoro que el rey no quiere compartir, lo abre. Los vientos escapan, la tempestad los devuelve al punto de partida, y Eolo, esta vez, les cierra la puerta: a quien los dioses castigan así, no se le ayuda dos veces.

Un ojo único que devora. Una bolsa que contiene todos los vientos. Homero, tres mil años antes de la primera plataforma.

Dibujo de línea: el cíclope Polifemo, sentado y enorme, recibe el cuenco de vino que Ulises le tiende.
John Flaxman, Ulises embriaga a Polifemo, 1793 (composiciones); h. 1835 (grabado de Réveil) · Lámina 026Un solo ojo, y todo lo que entra en la cueva queda a su vista: la mirada como poder.

La traducción al presente: el ojo se ha industrializado

Empecemos por el ojo, porque el presente ha tenido la cortesía de ponerle nombre propio.

Palantir se llama así por las piedras videntes de la obra de Tolkien: esferas que permiten verlo todo a distancia — y que, en la novela, terminan sometiendo la voluntad de quien mira a un poder mayor que el suyo. La compañía que Peter Thiel cofundó y que Alex Karp dirige vende exactamente eso: la capacidad de integrar y ver, en un solo punto, datos que antes vivían dispersos — para agencias de inteligencia, ejércitos, gobiernos y grandes corporaciones. Karp no lo disimula; lo teoriza. En The Technological Republic sostiene que el deber de la tecnología es ponerse al servicio del poder del Estado occidental, y reprocha a Silicon Valley haberse entretenido en aplicaciones de consumo mientras se decidía el orden del mundo. Thiel había escrito la otra mitad de la doctrina años antes, en Zero to One: la competencia es de perdedores; el objetivo de una empresa seria es el monopolio. Un solo ojo, no muchos. Es la teología del cíclope escrita por sus propios sacerdotes, y hay que agradecerles la franqueza: se les puede leer, citar y discutir con precisión.

El ojo, además, se ha vuelto autónomo. Anduril — otro nombre tomado de Tolkien, la espada reforjada del rey — fue fundada por Palmer Luckey, el creador de Oculus, sobre una convicción explícita: que la disuasión occidental exige vigilancia y armas gobernadas por inteligencia artificial. Sus torres centinela vigilan fronteras sin que nadie mire a través de ellas; su sistema Lattice fusiona sensores y decide qué merece atención humana. El ojo ya no necesita párpado.

Y luego están los vientos. Si el cíclope es la concentración de la mirada, Eolo es la concentración de la distribución: quién decide qué llega a quién. El odre de los vientos tiene hoy dueños con nombre. Elon Musk compró X y recalibró sus corrientes conforme a su criterio personal — con independencia del juicio que merezca, el hecho estructural es que las corrientes de la conversación pública mundial pueden recalibrarse por decisión de un solo hombre. Los sistemas de recomendación de Meta deciden la dieta informativa de más de tres mil millones de personas. Google, bajo Sundar Pichai, ordena desde hace un cuarto de siglo qué conocimiento es encontrable y en qué orden. Y la tripulación — nosotros — hizo lo que hizo la de Ulises: tuvo el odre en las manos, la web abierta de los años noventa, y lo abrió a cambio de la promesa de un tesoro. Comodidad, gratuidad, alcance. Los vientos escaparon hacia cinco o seis puertos y no han vuelto.

Aguafuerte: los compañeros de Ulises abren el odre de Eolo y los vientos escapan en remolino sobre la nave.
Theodoor van Thulden, Los compañeros abren el odre de los vientos, 1632–1633 · Rijksmuseum, Ámsterdam · Lámina 027Quien controla los vientos decide hacia dónde se navega; basta abrir el odre para perder el rumbo.

El análisis humanista: la asimetría es el monstruo

Aquí conviene detenerse, porque el paralelismo fácil — «nos vigilan» — se queda corto, y lo que me interesa es la estructura.

Lo terrible de Polifemo no es que tenga un ojo. Es la asimetría de la cueva: él ve a los hombres y los hombres no pueden devolverle una mirada equivalente; él mueve la piedra y ellos no. Esa es exactamente la arquitectura del presente. Los sistemas que nos observan son opacos por diseño: sabemos que el algoritmo nos ve, ignoramos qué ve, cómo pondera lo que ve y a quién sirve lo que concluye. Byung-Chul Han lo ha formulado con crudeza: el panóptico digital ha perfeccionado al de Bentham porque ya no necesita obligar a nadie — nos desnudamos voluntariamente, y confundimos esa desnudez con libertad. Lewis Mumford avisó hace medio siglo de que la megamáquina no se impone por la fuerza sino por el soborno: a cambio de sus beneficios, entregamos la parte de nosotros que la máquina necesita.

Y luego está la lección del nombre, que es la más incómoda de las dos. Ulises sobrevive al ojo siendo Nadie y está a punto de morir por gritar quién es. La cultura presente ha invertido el instinto: hemos hecho de gritar el nombre una virtud — visibilidad, exposición permanente, identidad convertida en emisión continua — sin reparar en que el ojo solo puede castigar aquello que puede nombrar. No propongo anonimato como programa; propongo entender qué se entrega en cada acto de exposición. La diferencia entre ser visible y ser conocido es la diferencia entre el dato y la persona, y las plataformas solo necesitan lo primero.

El humanismo tecnológico no consiste en maldecir al cíclope. Los ojos únicos existen porque resuelven problemas reales — seguridad, escala, coordinación — y negarlo sería tan ingenuo como celebrarlo. Consiste en no aceptar la cueva como paisaje natural: en exigir que a la concentración de la mirada le corresponda una concentración equivalente de responsabilidad, y en recordar que la asimetría, cuando nadie la nombra, se hace costumbre. Homero, de nuevo: los cíclopes no tienen leyes ni asambleas; cada uno gobierna su cueva. Es la descripción más exacta que conozco de un ecosistema tecnológico sin gobernanza.

El criterio ejecutivo

Un criterio doble, uno por monstruo.

Frente al ojo: haz el inventario de la asimetría. En tu organización y en tu vida operativa, ¿qué sistemas te ven sin que tú puedas verlos — qué datos entregas, a quién, y qué capacidad real tienes de auditar qué se hace con ellos? No para cerrarlo todo: para saber en qué cueva estás antes de que la piedra ruede.

Frente a los vientos: identifica qué parte de tu operación — tu alcance, tu información, tu relación con clientes o lectores — depende de corrientes cuyo dueño puede cambiar el rumbo mañana por decisión unilateral. Y pregúntate qué conservarías si mañana cambiara. Lo que sobreviva a esa pregunta es tuyo. Lo demás es viento prestado.

El próximo miércoles, tercera entrega: Circe, o la tecnología que termina transformándonos a nosotros.


Jesús Ripa es tecnólogo humanista especializado en Autoridad Digital. Escribe sobre criterio tecnológico, voz pública directiva y la era pre-singularidad.


Preguntas frecuentes

¿Qué representa el cíclope en la era pre-singularidad?

El cíclope representa la concentración de la capacidad de ver: sistemas y compañías que integran en un solo punto datos que antes vivían dispersos, desde plataformas de análisis para gobiernos como Palantir hasta redes de vigilancia autónoma como las de Anduril. Lo decisivo del paralelismo no es la vigilancia en sí, sino la asimetría que Homero retrata en la cueva de Polifemo: el gigante ve a los hombres y los hombres no pueden devolverle una mirada equivalente. Hoy esa asimetría se llama opacidad algorítmica — sabemos que los sistemas nos observan, pero no qué ven, cómo lo ponderan ni a quién sirven sus conclusiones. El monstruo no es el ojo: es la desproporción sin contrapeso ni responsabilidad equivalente.

¿Por qué se cita a Palantir y qué relación tiene su nombre con la vigilancia?

Palantir toma su nombre de las piedras videntes de la obra de Tolkien: esferas que permiten ver cualquier lugar a distancia y que acaban sometiendo a quien mira a una voluntad mayor. La compañía, cofundada por Peter Thiel y dirigida por Alex Karp, vende integración y análisis de datos a agencias de inteligencia, ejércitos y grandes corporaciones. Se cita por su obra y posición pública — Karp ha teorizado en The Technological Republic que la tecnología debe servir al poder del Estado occidental, y Thiel defendió en Zero to One el monopolio como objetivo legítimo de la empresa —, no como juicio personal. El análisis es estructural: qué significa que la capacidad de ver se concentre y se teorice abiertamente.

¿Quién controla hoy los «vientos» de la información?

Los vientos son la distribución: quién decide qué información llega a quién. Ese poder está concentrado en un puñado de actores. Los sistemas de recomendación de Meta configuran la dieta informativa de más de tres mil millones de personas; Google ordena qué conocimiento es encontrable y en qué posición; X demostró, tras su compra por Elon Musk, que las corrientes de la conversación pública pueden recalibrarse por decisión de una sola persona. El episodio de Eolo añade la parte incómoda: la tripulación tuvo el odre en las manos — la web abierta de los años noventa — y lo abrió a cambio de comodidad, gratuidad y alcance. La concentración no fue solo impuesta; también fue aceptada.

¿Qué es el panóptico digital?

Es el concepto con que el filósofo Byung-Chul Han describe la forma actual de la vigilancia. El panóptico digital perfecciona al panóptico clásico de Bentham — una prisión donde un vigilante invisible podía observar a todos los presos, que se disciplinaban por la mera posibilidad de ser vistos — porque elimina la coacción: nadie nos obliga a exponernos, nos desnudamos voluntariamente en plataformas y dispositivos, y experimentamos esa exposición como libertad, conexión o eficacia. El resultado es un poder que no necesita ordenar porque ve, predice y sugiere. En el artículo funciona como la traducción filosófica de la cueva de Polifemo: una asimetría de mirada aceptada como paisaje natural.

¿Propone el artículo el anonimato como solución?

No. La lección del nombre — Ulises sobrevive llamándose Nadie y casi muere por gritar su identidad verdadera — no es un programa de ocultación, sino un criterio de conciencia: entender qué se entrega en cada acto de exposición. La cultura presente ha hecho de la visibilidad permanente una virtud profesional y personal, sin reparar en que los sistemas solo pueden perfilar y castigar aquello que pueden nombrar. La distinción operativa es otra: ser visible no es ser conocido. Las plataformas necesitan el dato, no la persona. Decidir qué parte de uno mismo circula, en qué contexto y a cambio de qué es un ejercicio de criterio, no de miedo — y es perfectamente compatible con una voz pública sólida.

¿Dónde puedo leer el resto de la serie La Odisea Tecnológica?

La serie completa se publica en jesusripa.com todos los miércoles a las 09:00, entre el 15 de julio y el 2 de septiembre de 2026. Esta es la segunda de ocho entregas. La primera — La llamada al viaje — contiene el manifiesto de la serie: la tesis de que la humanidad nunca ha dejado de vivir una Odisea y solo han cambiado los monstruos, además del itinerario completo. Las próximas escalas: Circe y la tecnología que nos transforma (29 de julio), las sirenas y la economía de la atención (5 de agosto), Escila y Caribdis (12 de agosto), los lotófagos y Calipso (19 de agosto), el regreso a Ítaca (26 de agosto) y la nueva Odisea (2 de septiembre). Cada entrega se distribuye también por newsletter.

Siguiente episodio: Circe. La tecnología que termina transformándonos (29 de julio). Ver todas las entregas de la serie.

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