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Alexander Karp: el filósofo que armó al Estado
El doctor en filosofía que vendió software de guerra cuando Silicon Valley lo consideraba indecente acaba de presentar el mejor trimestre de su historia, y lo celebró con una acusación: los marxistas ahora son los otros.
El 3 de agosto de 2026, Palantir anunció unos resultados que su consejero delegado describió sin falsa modestia: más beneficio en un solo trimestre que todos los ingresos del mismo trimestre del año anterior. Mil novecientos millones de dólares, un 93 % de crecimiento, y una acción que al día siguiente subió un 29 %. Casi cualquier otro directivo habría dedicado la carta a accionistas a dar las gracias. Karp la dedicó a acusar a los laboratorios de inteligencia artificial de tener «resonancias marxistas»: de querer capturar los medios de producción de sus propios clientes.
La frase es puro Karp: una provocación filosófica encima de una cuenta de resultados. Y funciona como retrato, porque su poder consiste exactamente en eso: en haber unido las dos cosas que su industria mantenía separadas, el discurso sobre Occidente y la factura al contribuyente.

Quién es
Tres trazos, y ninguno es el esperable. Filósofo: doctorado en teoría social por la Universidad Goethe de Fráncfort, la casa de la Escuela que fundó la crítica al capitalismo moderno. Abogado que nunca ejerció: se graduó en Derecho en Stanford, donde conoció a Peter Thiel. Y desde 2003, constructor de la empresa de software más polémica de Estados Unidos: Palantir, fundada con dinero de Thiel y bautizada con la piedra que en Tolkien permite ver a distancia, y corrompe a quien mira.
Karp no encaja en ningún molde de su sector: se declara progresista, no usa redes sociales, practica tai chi y esquí de fondo, y dirige desde hace más de veinte años la empresa favorita de los ejércitos occidentales. Esa incomodidad no es un accidente de personaje: es el producto. Nadie vende mejor el software de Estado que alguien que puede citar a Adorno mientras lo hace.
A agosto de 2026 es consejero delegado de Palantir Technologies, cargo que ocupa desde la fundación.
Qué ha construido
Una empresa que hace una sola cosa y la hace donde nadie quería hacerla: integrar los datos de las organizaciones más complejas del mundo (ejércitos, agencias de inteligencia, ministerios, y desde hace unos años fábricas y hospitales) para que quien decide vea lo que tiene. Palantir nació en 2003 con una tesis que entonces sonaba marginal: que la tecnología de Silicon Valley debía servir a la seguridad de Occidente, no solo al consumo.
Durante quince años fue una rareza deficitaria que Wall Street no sabía valorar. Hoy es una de las empresas de software más valiosas del mundo, con el aparato de defensa estadounidense como cliente ancla: el acuerdo marco con el Ejército, firmado en agosto de 2025, consolida sus contratos en un techo de 10.000 millones de dólares a diez años. Y con un matiz que conviene no perderse: en junio de 2026, ese mismo Ejército eligió a Anduril, la empresa de defensa financiada por Thiel, para liderar la capa común de datos de su nuevo sistema de mando, con Palantir en papel fundacional pero no al frente. El Estado ha aprendido a repartir entre sus proveedores. No se casa con ninguno.
La doctrina tardó veinte años en cobrar.
Años desde la fundación hasta el primer ejercicio completo en beneficios. Pasa el cursor por el gráfico: la guía avanza año a año y marca quién ya gana dinero.
La segunda construcción es discursiva: The Technological Republic (2025), el libro donde Karp y Nicholas Zamiska convirtieron veinte años de práctica en doctrina pública.

Qué poder concentra
Su poder tiene dos pisos, y el segundo importa más que el primero.
El primero es operativo: Palantir está dentro de los sistemas donde Occidente decide: en la logística militar estadounidense, en agencias de inteligencia, en gobiernos europeos que gestionan desde pandemias hasta fronteras. Quien opera el software por el que pasan las decisiones del Estado no manda sobre el Estado, pero ve cómo manda, y se vuelve progresivamente difícil de sustituir.
El segundo es doctrinal, y es el que la casilla de este perfil señala: Karp ha conseguido que la alianza entre la tecnología y la defensa deje de ser una vergüenza en Silicon Valley y pase a ser una tesis respetable, casi dominante. Cuando fundó Palantir, trabajar para el Pentágono era tabú entre ingenieros; en 2018 Google renunció a un contrato de defensa por la revuelta de sus empleados. En 2026, los laboratorios de inteligencia artificial compiten por contratos militares y los fundadores citan a Karp. Él no inventó ese giro, pero fue su cara visible durante los años en que costaba dinero serlo. Y ahora cobra la posición en forma de trimestres récord.
La idea que defiende
Su libro sostiene que Silicon Valley traicionó su pacto fundacional. El Valle nació del Estado, de la investigación militar y del gasto público, y lo abandonó para fabricar aplicaciones de consumo, dejando a Occidente vulnerable en la carrera tecnológica que importa. La reconstrucción que propone es triple: reunir tecnología y Estado, recuperar una cultura de ingeniería que valore resultados sobre ideología, y reconstruir una identidad colectiva que merezca ser defendida. Lo resume en una frase de su libro: «una cultura que no cree en nada no puede defender nada».
Reconozcámosle lo primero: dijo esto cuando costaba decirlo, y sostuvo la posición durante los años en que su empresa perdía dinero y su sector lo trataba de apestado. La coherencia entre lo que escribe y lo que factura es real, y en esta serie ya hemos visto lo rara que es.
Aquí me separo de él. Su diagnóstico sobre el abandono del Estado es serio; su conclusión borra una distinción que a mí me parece la importante. Que el software sirva al Estado es una cosa; que el proveedor del software se convierta en doctrinario del Estado es otra. Karp no vende solo herramientas: vende una visión del mundo con las herramientas dentro, y un Estado que compra las dos cosas juntas externaliza algo más que la informática. La pregunta que su libro no responde es quién vigila al integrador — qué pasa cuando la infraestructura por la que pasan las decisiones públicas pertenece a alguien con una doctrina propia sobre cómo deben decidirse.
Por qué te afecta
Dos lecturas, una de mercado y una de gobierno.
La de mercado: el trimestre récord de Palantir no es una anécdota bursátil, es la señal de que el software de Estado ha dejado de ser un nicho. Si tu empresa vende tecnología, el mayor comprador emergente de Europa no es un sector: son los Estados rearmándose digitalmente. Y si compites con quien ya está dentro de esos sistemas, ya sabes lo que Karp sabe: el que integra los datos no se sustituye con un concurso.
La de gobierno es la incómoda: la acusación «marxista» de Karp a los laboratorios (que capturan los medios de producción de sus clientes, absorbiendo su conocimiento en modelos que luego compiten contra ellos) es interesada, pero no es falsa. Antes de firmar con cualquier proveedor de inteligencia artificial, la pregunta de este perfil es literal: ¿quién se queda lo que tu organización sabe cuando el contrato termina? Si no puedes responderla, la respuesta es «ellos».
El lugar que ocupa
En el tablero de la pre-singularidad, Karp ocupa la casilla de quien lleva esta tecnología al poder del Estado. Es la casilla donde la era deja de ser un fenómeno de mercado y se convierte en un asunto de soberanía. Y agosto de 2026, con su trimestre récord y su carta doctrinal, es el momento en que esa casilla dejó de ser marginal. Es un poder distinto del de quien orienta la tecnología a la ciencia o el de quien fabrica el sustrato: los suyos se miden en descubrimientos y en chips; el de Karp, en decisiones públicas que pasan por su software.
La pregunta abierta no es si los Estados comprarán este software: ya lo hacen. Es si conservarán el criterio para gobernarlo, o si, dentro de una década, descubrirán que externalizaron la vista.
El díptico se cierra en el próximo perfil: la misma estructura de poder, vista desde quien la financia y le escribió la doctrina antes que nadie.
Ficha del perfil. Alexander Karp · Consejero delegado y cofundador de Palantir Technologies (cargo a agosto de 2026) · Doctor en teoría social (Universidad Goethe de Fráncfort) · Obra de referencia: The Technological Republic (2025, con Nicholas Zamiska) · Casilla del tablero: quién lleva la inteligencia artificial al poder del Estado · Serie: Arquitectos de la Pre-Singularidad, perfil 05.
Preguntas frecuentes
¿Quién es Alexander Karp?
Alexander Karp (Filadelfia, 1967) es cofundador y consejero delegado de Palantir Technologies desde su fundación en 2003. Doctor en teoría social por la Universidad Goethe de Fráncfort y graduado en Derecho por Stanford, dirige la empresa de software de datos más ligada a los ejércitos y gobiernos occidentales, y es autor de The Technological Republic (2025).
¿Qué es Palantir y qué hace exactamente?
Palantir integra los datos de organizaciones complejas (ejércitos, agencias, ministerios, grandes empresas) para que quien decide vea todo lo que tiene en un solo sistema. No fabrica modelos de inteligencia artificial: fabrica la capa donde los datos y los modelos se convierten en decisiones operativas. En el segundo trimestre de 2026 ingresó 1.900 millones de dólares, un 93 % más que un año antes.
¿Qué defiende The Technological Republic?
Que Silicon Valley nació del Estado y lo traicionó al dedicarse al software de consumo, y que Occidente debe reunir de nuevo tecnología, gobierno y defensa para sostener su posición. Es la doctrina que Palantir practica desde 2003, convertida en libro en 2025.
¿Por qué llamó «marxistas» a los laboratorios de inteligencia artificial?
En su carta a accionistas de agosto de 2026 acusó a los grandes laboratorios de querer «capturar los medios de producción» de sus propios clientes: absorber el conocimiento de las empresas en modelos que después compiten contra ellas. Es una acusación interesada (Palantir se posiciona como la alternativa neutral) pero señala un riesgo contractual real.
¿Qué poder concentra realmente Karp?
Uno operativo: su software está dentro de los sistemas donde deciden ejércitos y gobiernos occidentales, y quien integra esos datos se vuelve difícil de sustituir. Y uno doctrinal: convirtió la alianza tecnología-defensa de tabú en tesis respetable, y hoy cobra esa posición en contratos y en influencia.
¿Qué debe aprender una empresa de este perfil?
Dos cosas. Que el software de Estado es ya un mercado central, no un nicho: los Estados son el gran comprador emergente. Y una pregunta previa a cualquier contrato de inteligencia artificial: quién se queda lo que tu organización sabe cuando el contrato termina. El marco completo está en la página Era Pre-Singularidad.
Glosario
Software de Estado. Sistemas de datos y decisión que operan dentro del aparato público: defensa, inteligencia, fronteras, sanidad. Su proveedor no manda sobre el Estado, pero ve cómo manda, y se vuelve progresivamente insustituible.
Integración de datos. Unir fuentes dispersas de una organización en un solo sistema operativo de decisión. Es el oficio de Palantir y la razón de su foso: quien integra conoce el terreno mejor que quien licita.
Acuerdo marco. Contrato paraguas que consolida compras futuras bajo un techo de gasto: el del Ejército estadounidense con Palantir llega hasta 10.000 millones de dólares en diez años. Compromete techo, no suelo: el matiz que los titulares omiten.
Doctrina dual. La práctica de vender a la vez una herramienta y una visión del mundo que la justifica. Es lo que distingue a Palantir de un contratista clásico, y el motivo de que este perfil pregunte quién vigila al integrador.
Capa de mando y control. El sistema por el que un ejército ve el campo y ordena. El programa NGC2 estadounidense la está reconstruyendo; en junio de 2026 el Ejército eligió a Anduril para liderar su capa común de datos, con Palantir en papel fundacional. El Estado reparte.
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