Quinta entrega de La Odisea Tecnológica, la serie de verano que recorre el poema de Homero como mapa de la era pre-singularidad. Esta entrega trata de la gobernanza de la inteligencia artificial: quién decide cuando ninguna opción sale gratis. La tesis y el itinerario completo están en el primer episodio: La llamada al viaje.
El episodio clásico: el estrecho sin ruta buena
Superadas las sirenas, Circe le había descrito a Ulises lo que venía después, y es la única vez en todo el poema en que la información no sirve para escapar del peligro. Sirve para algo más duro: para elegirlo.
Un estrecho. A un lado, una roca altísima donde anida Escila: seis cabezas sobre cuellos interminables, doce patas, y una contabilidad exacta — de cada nave que pasa arrebata seis hombres, uno por boca. Al otro lado, a un tiro de flecha, Caribdis: un remolino que tres veces al día sorbe el mar entero y tres veces lo vomita. Quien caiga en él no pierde seis hombres. Lo pierde todo.
El consejo de Circe es de una frialdad que todavía escuece: arrima la nave a la roca de Escila. Acepta la pérdida de los seis. Es mejor llorar a seis compañeros que a la tripulación entera. Y cuando Ulises — Ulises, siempre — pregunta si no podría plantarle batalla al monstruo, la hechicera lo corta con desprecio: Escila es inmortal; no hay gloria posible, solo tiempo perdido junto a la roca, y el tiempo perdido junto a la roca significa más bocas servidas. No luches. Rema.
Homero añade dos detalles que los resúmenes suelen omitir y que contienen medio episodio. El primero: Ulises no informa a su tripulación del peaje de Escila. Les habla de Caribdis, les ordena remar — pero calla lo de las seis bocas, temiendo que el pánico los paralice. El segundo: cuando el monstruo golpea y se lleva a los seis, que gritan su nombre con los brazos extendidos, Ulises confiesa que fue lo más lastimoso que vieron sus ojos en todos sus años de mar. El estratega elige bien. Y elegir bien, aquí, no ahorra el dolor: solo lo dimensiona.
La traducción al presente: cada orilla asegura que la otra es el remolino
Trasladar este episodio a 2026 no requiere imaginación, porque el estrecho tiene nombre en la agenda pública: el gobierno de la inteligencia artificial. Y las dos orillas llevan años gritándose cuál de ellas es Caribdis.
Una orilla sostiene que el remolino es el descontrol. Que sistemas cada vez más capaces, desplegados a velocidad de mercado por compañías en competencia feroz, componen un riesgo de pérdida total — de control, de veracidad pública, de concentración de poder sin precedente — y que la prudencia regulatoria es el peaje de Escila: costoso, sí, pero acotado y recuperable. Europa ha apostado su política a esta lectura: el Reglamento de Inteligencia Artificial es, en términos homéricos, la decisión de arrimarse a la roca — asumir pérdidas conocidas (fricción, cumplimiento, alguna innovación que emigra) para evitar el vórtice.
La otra orilla sostiene exactamente lo contrario, y conviene escuchar su mejor versión y no su caricatura. Marc Andreessen la escribió en su Manifiesto tecnooptimista: la desaceleración es el verdadero remolino — cada año de retraso en el despliegue de una tecnología que multiplica productividad, medicina y conocimiento tiene un coste humano real aunque invisible, y quien regula en exceso no compra seguridad sino irrelevancia, porque el estrecho lo cruzarán otros. En esta lectura, el aceleracionismo no es temeridad: es la afirmación de que quedarse quieto junto a la roca — la advertencia de Circe — es la forma más segura de alimentar al monstruo, y de que la carrera con China convierte cualquier pausa unilateral en una cesión estratégica.
Y luego está quien rema por el centro del estrecho sabiendo que el centro no existe. Dario Amodei ha construido su posición pública sobre esa incomodidad: dirige una de las compañías que empujan la frontera — acelera — mientras sostiene por escrito que los riesgos son reales y que el escalado debe someterse a políticas de seguridad verificables — regula, aunque sea a sí mismo. Se le puede reprochar la contradicción; yo prefiero leerla como lo que es: la posición de quien ha entendido que el estrecho no se evita, solo se navega, y que la dinámica de carrera — si yo paro, otro no parará — es la corriente de fondo que empuja todas las naves hacia el remolino mientras cada capitán jura que rema hacia la roca.
Lo estructuralmente honesto es admitir que el desacuerdo no es entre prudentes y temerarios. Es un desacuerdo sobre qué orilla es cuál — y esa pregunta no tiene respuesta empírica disponible antes de cruzar. Se cruza con criterio o no se cruza.
El análisis humanista: la dignidad de elegir la pérdida
Aquí es donde el episodio deja de hablar de política tecnológica y empieza a hablar de nosotros.
Porque lo que Circe le enseña a Ulises es algo que nuestra cultura pública ha decidido no aprender: que hay situaciones — las importantes suelen serlo — donde no existe la opción sin coste, y donde exigirla no es idealismo sino deserción. Max Weber lo fijó hace un siglo en su distinción entre la ética de la convicción, que se pregunta si la decisión es pura, y la ética de la responsabilidad, que se pregunta quién pagará sus consecuencias. El político — y el directivo, y el padre — que promete cruzar el estrecho sin pérdidas no está siendo optimista: está eligiendo Caribdis y llamándolo esperanza.
Daniel Innerarity ha dedicado su obra reciente a esta incomodidad: gobernar sociedades complejas es gobernar en incertidumbre, tomar decisiones cuyos efectos no son calculables por adelantado, y hacerlo ante una opinión pública a la que se le ha prometido que la buena gestión elimina el riesgo. No lo elimina. Lo elige. La diferencia entre el buen y el mal gobierno — de un país, de una empresa, de una tecnología — rara vez está entre acierto y error: está entre pérdida elegida y pérdida sufrida.
Y queda el detalle más incómodo del episodio: Ulises calla. No le dice a su tripulación que seis de ellos no llegarán al otro lado. Homero no lo condena ni lo absuelve, y yo tampoco voy a resolver en un párrafo el dilema de la transparencia en el liderazgo — pero sí señalar su vigencia exacta: ninguna sociedad democrática ha encontrado aún la manera de decirse a sí misma, en voz alta, qué peaje está pagando por la ruta tecnológica elegida. Hablamos de beneficios y hablamos de riesgos; casi nunca de pérdidas ya decididas. Los seis hombres de Escila — los empleos redibujados, los oficios que no volverán, las privacidades cedidas — gritan con los brazos extendidos, y el debate público rema mirando al frente.
Quizá la madurez tecnológica de una sociedad se mida ahí: en su capacidad de discutir el peaje antes de pagarlo, en lugar de descubrirlo en la factura.
El criterio ejecutivo
El criterio de este episodio es una regla de decisión, y es la más antigua de la serie: la regla de Circe.
Cuando todas las opciones tienen coste — y en las decisiones que importan, lo tienen —, la pregunta correcta no es cuál evita la pérdida, sino cuál de las pérdidas es recuperable. Escila duele y se sobrevive; Caribdis no deja nave a la que volver. Ante cualquier disyuntiva seria — tecnológica, estratégica, personal —, separa los costes en dos columnas: los reversibles, por dolorosos que sean, y los irreversibles, por improbables que parezcan. Y cuando dudes, arrima la nave al coste reversible. La asimetría entre perder seis hombres y perderlo todo no se compensa con ninguna probabilidad.
Y una segunda regla, menor solo en apariencia: decide la ruta antes de entrar en el estrecho. En mitad de la corriente, con el remolino sonando, el miedo elige por ti — y el miedo tiene una preferencia sistemática por la orilla equivocada. Es el contrato de Ulises del episodio anterior, elevado de la atención a la estrategia.
¿Qué decisión llevas tiempo aplazando porque ninguna de sus opciones es indolora — y qué está eligiendo la corriente mientras tanto?
El próximo miércoles, sexta entrega: los lotófagos y Calipso, o por qué el mayor peligro del viaje no tenía dientes.
Jesús Ripa es tecnólogo humanista especializado en Autoridad Digital. Escribe sobre criterio tecnológico, voz pública directiva y la era pre-singularidad.
Preguntas frecuentes
¿Qué representan Escila y Caribdis en la era pre-singularidad?
Representan la estructura de las decisiones de gobierno tecnológico: un estrecho sin ruta indolora. Escila — el monstruo que cobra un peaje fijo de seis hombres por nave — es la pérdida acotada y recuperable; Caribdis — el remolino que devora naves enteras — es la pérdida total e irreversible. Aplicado al debate sobre inteligencia artificial: una posición sostiene que el remolino es el despliegue sin control y que la regulación es el peaje acotado; la contraria, que el remolino es la desaceleración y la irrelevancia, y que el peaje inasumible es quedarse quieto junto a la roca. Lo estructuralmente relevante es que el desacuerdo no enfrenta a prudentes con temerarios: enfrenta dos lecturas opuestas sobre qué orilla es cuál.
¿Qué es el aceleracionismo tecnológico?
Es la posición que sostiene que el despliegue rápido de la tecnología — y de la inteligencia artificial en particular — es un imperativo moral y estratégico, porque cada año de retraso tiene costes humanos reales aunque invisibles: productividad, medicina, conocimiento no materializados. Su formulación más citada es el Manifiesto tecnooptimista de Marc Andreessen, que presenta la desaceleración como el verdadero riesgo y la regulación excesiva como una compra de irrelevancia, no de seguridad. Sus críticos responden que el argumento ignora los riesgos irreversibles y que la urgencia competitiva — especialmente frente a China — funciona como justificación permanente para no aceptar límite alguno. El artículo presenta ambas versiones en su mejor forma, porque el debate serio lo exige.
¿Qué posición ocupa Europa en este estrecho?
Europa ha apostado su política a la lectura prudencial: su Reglamento de Inteligencia Artificial es, en los términos del episodio, la decisión de arrimarse a la roca de Escila — asumir pérdidas conocidas y acotadas (costes de cumplimiento, fricción para la innovación, compañías que trasladan desarrollos a otras jurisdicciones) para reducir el riesgo de pérdidas irreversibles. La apuesta recibe críticas cruzadas: insuficiente para quienes ven el remolino más cerca, y suicida en términos competitivos para quienes sostienen que el estrecho lo cruzarán otros mientras Europa rema pegada a la roca. El artículo no dirime la disputa: señala que es una elección de pérdida, no una eliminación del riesgo, y que reconocerlo así sería el principio de un debate público adulto.
¿Por qué se cita a Dario Amodei como navegante del estrecho?
Porque su posición pública encarna la tensión del episodio con más claridad que ninguna otra: dirige Anthropic, una de las compañías que empujan la frontera de la inteligencia artificial — acelera —, mientras sostiene por escrito que los riesgos del escalado son reales y deben someterse a políticas de seguridad verificables — se autoimpone límites. Puede leerse como contradicción; el artículo propone leerlo como la posición de quien asume que el estrecho no se evita, solo se navega, y que la dinámica de carrera — «si yo paro, otro no parará» — es la corriente de fondo que empuja a todas las naves. Se le cita por sus textos y políticas públicas, no como juicio de intenciones ni aval de resultados.
¿Qué es la regla de Circe para decidir?
Es el criterio ejecutivo del episodio, extraído del consejo de la hechicera a Ulises: cuando ninguna opción es indolora, la pregunta correcta no es cuál evita la pérdida — ninguna la evita — sino cuál de las pérdidas es recuperable. El método práctico: ante una disyuntiva seria, separar los costes de cada opción en reversibles e irreversibles, y en caso de duda arrimar la nave al coste reversible, porque la asimetría entre perder algo y perderlo todo no se compensa con ninguna probabilidad favorable. Se complementa con una segunda regla: decidir la ruta antes de entrar en el estrecho, porque en mitad de la corriente decide el miedo — y el miedo tiene preferencia sistemática por la orilla equivocada.
¿Por qué Ulises ocultó a su tripulación el peaje de Escila?
Homero lo cuenta sin condenarlo ni absolverlo: Ulises informa a sus hombres del remolino y les ordena remar, pero calla que seis de ellos serán arrebatados, temiendo que el pánico paralice la nave y la entregue entera a Caribdis. El artículo señala la vigencia incómoda del dilema: ninguna sociedad democrática ha encontrado la manera de discutir en voz alta el peaje de la ruta tecnológica que ya ha elegido — los empleos redibujados, los oficios que no volverán, las privacidades cedidas. Hablamos de beneficios futuros y de riesgos hipotéticos; casi nunca de pérdidas ya decididas. La madurez tecnológica de una sociedad quizá se mida en su capacidad de discutir el peaje antes de pagarlo, en lugar de descubrirlo en la factura.
Siguiente episodio: Los lotófagos y Calipso. El confort como captura (19 de agosto). Ver todas las entregas de la serie.