Sexta entrega de La Odisea Tecnológica, la serie de verano que recorre el poema de Homero como mapa de la era pre-singularidad. Esta entrega trata del confort tecnológico: la trampa que no encierra, sino que hace que ya no quieras salir. La tesis y el itinerario completo están en el primer episodio: La llamada al viaje.
El episodio clásico: los dos extremos del mismo peligro
Este episodio funde dos escalas que Homero coloca en los extremos opuestos del viaje, y la simetría no es casual: son el mismo peligro en dos estados de pureza.
La primera es la más breve y la más inquietante de toda la Odisea: el país de los lotófagos. Ulises envía a tres hombres a explorar. Los nativos no los atacan — al contrario: los reciben con hospitalidad y les ofrecen su alimento, el fruto del loto, dulce como la miel. Y aquí Homero escribe la frase que hiela: quien lo probaba ya no quería volver con noticias ni regresar; preferían quedarse allí, con los lotófagos, comiendo loto, olvidados del regreso. No hay monstruo. No hay violencia. No hay engaño siquiera. Solo un placer que borra el deseo de Ítaca. Ulises tiene que arrastrar a los tres hombres a las naves — llorando, anota el poeta — y atarlos bajo los bancos. Es el único episodio en que los hombres son rescatados contra su voluntad.
La segunda escala es la más larga del poema, y le ocurre precisamente al hombre que ató a los lloroso al banco. Calipso, la ninfa de la isla de Ogigia, retiene a Ulises siete años — más que todas las demás aventuras juntas. Y su prisión es un paraíso: grutas perfumadas, fuentes, prados, la compañía de una diosa que lo ama. Calipso le ofrece lo que ningún poder de la tierra puede ofrecer: la inmortalidad y la juventud eterna, a cambio de quedarse. No hay cadenas en Ogigia. Tampoco hay barco.
Y Ulises — esto es lo que hay que leer despacio — dice que no. Pasa las noches en la gruta y los días llorando en la orilla, mirando el mar. Cuando Hermes llega con la orden de Zeus de liberarlo, Calipso le hace la pregunta lógica: te ofrezco no morir nunca, y Penélope envejecerá; ¿qué eliges? Ulises responde con la frase más humana del poema: sé bien que mi prudente Penélope es inferior a ti en belleza, pues es mortal — aun así, quiero volver. Elige una mujer que envejece, una isla pedregosa y una vida que termina, contra la eternidad perfecta. Elige ser humano.
La traducción al presente: el loto se sirve en casa y la isla cotiza
El loto contemporáneo no necesita presentación porque está encendido en el salón. La sociedad del entretenimiento permanente ha industrializado el fruto: la reproducción automática que encadena un episodio con el siguiente sin pedir decisión, el catálogo infinito calibrado al gusto, el feed que nunca termina. Su rasgo definitorio es el de Homero: no hace daño, no amenaza, no engaña — simplemente disuelve el deseo de estar en otra parte. Nadie es retenido. Nadie quiere irse. Neil Postman vio la estructura hace cuarenta años, en la comparación más citada de su obra: Orwell temía a los que prohibirían los libros; Huxley temía que no hiciera falta prohibirlos, porque nadie querría leerlos. El cíclope del segundo episodio era el peligro orwelliano — el ojo, la vigilancia. Este es el huxleyano, y Postman ya advirtió cuál de los dos estaba ganando en las sociedades libres: no tememos lo que nos vigila; amamos lo que nos captura.
Calipso, en cambio, exige más atención, porque su versión contemporánea todavía es una promesa — y la formula gente muy seria. Sam Altman lleva años escribiéndola: en Moore’s Law for Everything y después en The Intelligence Age describe un horizonte donde la inteligencia artificial abarata radicalmente la inteligencia y la energía, dispara la productividad y genera una abundancia que permitiría, entre otras cosas, financiar rentas básicas universales — Altman mismo ha costeado los mayores experimentos piloto al respecto. La oferta de Ogigia, actualizada: una isla donde el trabajo por necesidad desaparece, las carencias se disuelven y — en la versión extrema del arco, la que roza la juventud eterna — la propia biología deja de ser destino.
No voy a caricaturizar la oferta, porque su parte luminosa es real: hay sufrimiento humano concreto que esa abundancia aliviaría, y despreciarlo desde la comodidad sería obsceno. La pregunta estructural es otra, y es la de Ogigia: en la isla de la abundancia, ¿quién es Calipso? Toda la abundancia prometida mana de una fuente — los modelos, el cómputo, los centros de datos — que tiene dueños, y muy pocos. Una renta básica financiada por la productividad de la IA es, estructuralmente, una isla donde todo se recibe y nada se posee: ni la fuente, ni las condiciones, ni — este es el punto — el barco. La hospitalidad de Calipso era impecable. La cuestión nunca fue el trato. Fue que la puerta la abría ella.
El análisis humanista: lo que Ulises sabía sobre la eternidad
¿Por qué dice que no? Esa es la pregunta que este episodio deja clavada, y la filosofía europea lleva un siglo respondiéndola.
Ortega lo formuló como nadie: la vida no nos es dada hecha — nos es dada como quehacer. El ser humano no es, como la piedra o el animal, algo ya constituido: es un proyecto, una faena, algo que hay que hacerse cada día. Por eso la oferta de Calipso, leída con rigor, no es la vida perfecta: es el fin de la vida como tarea. En Ogigia no hay nada que hacer porque no falta nada — y donde no falta nada, el deseo muere de inanición. Ulises no rechaza el paraíso a pesar de ser perfecto. Lo rechaza porque es perfecto. La perfección es inhabitable para un ser cuya sustancia es el proyecto.
Byung-Chul Han ha diagnosticado nuestra versión de la isla en La sociedad paliativa: una cultura organizada alrededor de la evitación de todo dolor, toda fricción, toda negatividad — donde el sufrimiento se medicaliza, el esfuerzo se optimiza hasta desaparecer y la existencia entera aspira al estado de confort continuo. Su advertencia es la de este episodio: el dolor no es solo daño; es también el modo en que la realidad se nos resiste, y sin resistencia no hay experiencia, ni transformación, ni relato. Una vida sin fricción no es una vida lograda. Es una vida anestesiada — loto en dosis de mantenimiento.
Y aquí la simetría homérica revela su lección más incómoda: el loto capturó a los soldados rasos; Ogigia capturó al capitán. El confort no discrimina por rango — solo se sofistica. La versión del marinero es el atracón de series; la del directivo es más elegante: la agenda blindada de fricciones por un equipo eficiente, la información pre-digerida, la IA que redacta, resume y decide el borrador de todo. Siete años pueden pasar en esa gruta sin que nadie note nada — salvo, quizá, que hace tiempo que no se llora en ninguna orilla mirando ningún mar. Porque ese es el detalle final, y es el más hermoso del poema: lo que salva a Ulises no es su astucia, que en Ogigia no sirve de nada. Es que conservó el dolor. El llanto diario en la playa era su manera de no dejar que la isla le borrara Ítaca. Hay dolores que son información: señalan lo que todavía deseamos. El confort perfecto los apaga — y con ellos, la brújula.
El criterio ejecutivo
El criterio de este episodio es un inventario de deseo, y es el más personal de la serie.
Haz memoria de lo que deseabas hace cinco años — proyectos, capacidades, conversaciones pendientes, aquello por lo que estabas dispuesto a incomodarte — y compáralo con lo que deseas hoy. No con lo que consumes: con lo que deseas activamente, lo que te haría zarpar. Si la lista ha menguado, la pregunta no es qué te lo impidió. Es qué loto lo fue borrando — qué comodidades, adquiridas una a una y todas razonables, fueron disolviendo el regreso.
Y una regla operativa: conserva fricción deliberada. Alguna tarea sin delegar, alguna lectura sin resumir, algún problema sin pedirle el borrador a la máquina. No por nostalgia del esfuerzo, sino por lo que Ulises sabía: la orilla donde duele es el único lugar de la isla desde donde se ve el mar.
¿Qué has dejado de desear desde que todo es cómodo — y quién es el dueño de la isla donde eso ocurrió?
El próximo miércoles, séptima entrega: el regreso a Ítaca, o cómo se recupera el criterio — y por qué Ulises llega disfrazado de mendigo.
Jesús Ripa es tecnólogo humanista especializado en Autoridad Digital. Escribe sobre criterio tecnológico, voz pública directiva y la era pre-singularidad.
Preguntas frecuentes
¿Qué representan los lotófagos y Calipso en la era pre-singularidad?
Representan los dos estados del mismo peligro: la captura por confort. Los lotófagos son su versión masiva y presente — el entretenimiento sin fricción que no daña ni amenaza, solo disuelve el deseo de estar en otra parte: reproducción automática, catálogos infinitos, feeds calibrados. Calipso es su versión sofisticada y prometida — la isla de la abundancia donde nada falta, actualizada hoy en los horizontes de post-escasez que describen tecnólogos como Sam Altman. La simetría homérica encierra la lección: el loto capturó a los marineros rasos y Ogigia capturó al propio capitán durante siete años. El confort no discrimina por rango; solo se vuelve más elegante a medida que se asciende.
¿Por qué Ulises rechaza la inmortalidad que le ofrece Calipso?
Porque la oferta, leída con rigor, no es la vida perfecta sino el fin de la vida como tarea. Ortega lo formuló con precisión: la vida humana no nos es dada hecha — nos es dada como quehacer, como proyecto que hay que ejecutar cada día. En Ogigia no hay nada que hacer porque no falta nada, y donde nada falta el deseo muere. Ulises elige a una mujer mortal, una isla pedregosa y una vida que termina porque la finitud no es el defecto de la existencia humana: es su condición de posibilidad — lo que hace que las cosas importen, que el tiempo cuente y que el regreso tenga sentido. No rechaza el paraíso a pesar de su perfección. Lo rechaza porque la perfección es inhabitable para un ser cuya sustancia es el proyecto.
¿Qué es la promesa de abundancia de Sam Altman?
Es el horizonte que el director de OpenAI ha descrito en ensayos como Moore’s Law for Everything y The Intelligence Age: la inteligencia artificial abarataría radicalmente la inteligencia y la energía, multiplicando la productividad hasta generar una riqueza capaz de financiar, entre otras medidas, rentas básicas universales — Altman ha costeado personalmente los mayores experimentos piloto sobre ellas. El artículo no caricaturiza la promesa, cuya parte luminosa es real: hay sufrimiento concreto que esa abundancia aliviaría. Plantea la pregunta estructural de Ogigia: toda la abundancia manaría de una fuente — modelos, cómputo, centros de datos — con muy pocos dueños. Una isla donde todo se recibe y nada se posee, ni la fuente ni el barco.
¿Qué significa la comparación entre Orwell y Huxley que cita el artículo?
Es la formulación de Neil Postman en Divertirse hasta morir: Orwell temía a quienes prohibirían los libros; Huxley temía que no hiciera falta prohibirlos porque nadie querría leerlos. Orwell temía a los que ocultarían la verdad; Huxley, a que la verdad se ahogara en un mar de irrelevancia. Son dos modelos de captura: la coacción y el placer. En la arquitectura de esta serie, el cíclope encarna el peligro orwelliano — el ojo, la vigilancia, la asimetría — y los lotófagos el huxleyano: nadie es retenido, nadie quiere irse. Postman advirtió hace cuarenta años cuál de los dos avanzaba en las sociedades libres, y su diagnóstico ha envejecido demasiado bien: no tememos lo que nos vigila; amamos lo que nos captura.
¿Está el artículo en contra del confort y a favor del sufrimiento?
No. El confort ha eliminado dolores que ninguna nostalgia debería querer de vuelta, y despreciar la abundancia desde la comodidad sería obsceno. La distinción del artículo, apoyada en La sociedad paliativa de Byung-Chul Han, es otra: hay dolores que son solo daño y dolores que son información — la fricción por la que la realidad se nos resiste, condición de la experiencia y del deseo. El llanto diario de Ulises en la orilla era eso: el dolor conservado deliberadamente para que la isla no le borrara Ítaca. La propuesta práctica no es sufrir sino conservar fricción deliberada — alguna tarea sin delegar, alguna lectura sin resumir — porque el confort total no perfecciona la vida: la anestesia, y con ella apaga la brújula.
¿Dónde puedo leer el resto de la serie La Odisea Tecnológica?
La serie completa se publica en jesusripa.com todos los miércoles a las 09:00, entre el 15 de julio y el 2 de septiembre de 2026. Esta es la sexta de ocho entregas. Las anteriores: La llamada al viaje (el manifiesto), El cíclope y el señor de los vientos (la concentración de la mirada), Circe (la tecnología que nos transforma), Las sirenas (la economía de la atención) y Escila y Caribdis (gobernar entre riesgos). Quedan dos escalas: el regreso a Ítaca y la recuperación del criterio (26 de agosto) y la nueva Odisea, que cierra el viaje preguntando qué significa ser humano en la era pre-singularidad (2 de septiembre). Cada entrega se distribuye también por newsletter.
Siguiente episodio: El regreso a Ítaca. Recuperar el criterio (26 de agosto). Ver todas las entregas de la serie.